Sobre Ana

Recuerdo a una niña que jugaba a ser actriz delante de un espejo, que rasgaba las cuerdas de una pequeña guitarra y que se disfrazaba de cura para dar sermones a sus hermanos y ser el centro de todas las miradas…

Recuerdo que esa niña creció y, aunque su mente volaba soñando, ella hacía lo que se suponía que tocaba en ese momento: estudiar.

Llegó la universidad, las salidas con amigas, el interés por los chicos… Y así fue como, colándose en una fiesta, conoció a Jose.

Un día, en una reunión de amigos, Jose, que tocaba su guitarra, le pidió a esa tímida chica que estaba a su lado que le hiciera los coros en una canción que se llamaba «A horse with no name». Ella, sin poner muchos peros, se puso a cantar un tema que se sabía de memoria sin intuir siquiera dónde la llevaría esa decisión.

El hermano pequeño de Jose, Nacho, tenía una banda de rock. Los dos eran apasionados de la música y, como de la nada, jugando, formaron un pequeño grupo en el que Ana —así se llamaba esa niña— hacía los coros, Jose cantaba y Nacho tocaba la guitarra. Durante unos años dieron tumbos por colegios mayores, pubs y muchas salas de espera de compañías discográficas. Ella seguía la estela de los sueños de sus amigos y así, sin querer, se fue enredando en un viaje lleno de sorpresas.

Un día, después de esperar horas en una de esas salas que parecían todas iguales, y después de cantar por enésima vez las canciones de presentación ante una persona  sentada detrás de una mesa, un dedo la señaló con firmeza, con un gesto como para que se acercara, y escuchó: «Tú tienes que estar al frente, tú tienes que ser la voz»…

Y sin tiempo de reacción, sin tiempo para pensar, esa chica de voz a estrenar se encontró en un estudio de grabación interpretando «Hoy no me puedo levantar», una canción compuesta por Nacho y Jose que en muy poco tiempo se convirtió en un himno, en un éxito tan grande que hizo que tres chicos desconocidos pasaran a ocupar los primeros puestos de las listas de ventas y a ser un referente de la música de los ochenta.

Así fue como un simple gesto cambió mi vida.

Todo fue tan rápido y tan intenso que no me dio tiempo a asimilar lo que estaba ocurriendo. Ni siquiera me paré a pensar cómo había llegado hasta ahí, ni en qué momento dije que sí, o no dije que no, o cómo me había metido en ese lío del que no podía salir.

Los estudios se entremezclaron con las canciones y los ensayos con los estudios, hasta que hubo que inclinar la balanza y la vida predecible hasta entonces cedió el paso a una difícil, pero, a la vez, maravillosa aventura.

 

Ya no había tiempo para nada más que para la música. ¡Mecano nos necesitaba al 100%!

Disfrutaba mucho cantando, era mi momento de evasión y de felicidad.
Fueron unos años increíbles, de no parar de crecer, tanto en nuestro país como fuera de él, de viajes sin fin, de momentos inimaginables, de cantar frente a miles de personas que habían hecho suya cada nota y cada sílaba de cada canción, de atravesar las fronteras del idioma, de reconocimientos…

Fueron unos años de tal intensidad… que un día la voz se me quebró. ¡Falló un engranaje que había funcionado a la perfección durante once años! Y ese engranaje era yo.

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Hubo que cancelar conciertos y rematar la gira como se pudo. Parecía que todo se desmoronaba. Yo estaba muy cansada, cansada de música, de no poder fallar. Vacía de tanta entrega, cansada de una vida en la que Ana dejó de existir, porque había algo mucho más grande y poderoso que ella: Mecano.

Necesitaba recuperar voz, cuerpo y espíritu. Necesitaba recuperar sueños e ilusiones, así que, después de pensarlo mucho, decidí alejarme de todo y de todos. Me fui a vivir a Nueva York. Era el año 1994.

Mientras duró ese descanso forzoso, Jose y Nacho se sumergieron en sus proyectos personales y mientras, yo, sin planes, me dediqué a mí, a recuperar no solo la voz, sino también a esa niña soñadora que se había perdido en la inmensidad del éxito.

Pasó un año como pasan todos: volando. Me sentía nueva, reforzada, con ganas de música, de volver a cantar, de recuperar el contacto con la gente… Y, como siempre hago, dándole muchas —pero que muchas— vueltas a la cabeza, tomé la decisión más valiente que he tomado jamás: hacer un disco como solista.

Tenía tantos miedos… No sabía por dónde empezar.

La inercia de Mecano tenía dos caras, una amable y su opuesta; una en la que todo valía y otra en la que todo se cuestionaba. Por eso no me podía equivocar. Pero ¿cómo acertar?

Con tantas dudas, decidí dejarme guiar por las personas que tenía más cerca, que sabían mucho de la industria y, sobre todo, que creían en mí: mi mánager y la compañía de discos. Entre todos buscamos las canciones, el sonido, el productor, la imagen…

Yo me empeñaba en que tenía que ser muy diferente a Mecano, porque inevitablemente iban a compararme; incluso los fans iban a pretender que yo fuera Mecano. Pero no podía ser, porque Ana Torroja era diferente.

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Así llegó mi primer disco como solista, Puntos Cardinales, producido por Tony Mansfield en Rich Farm, un estudio mítico situado a las afueras de Londres. Un mes en esa granja convertida en estudio fue una experiencia que recuerdo como si la estuviera viviendo hoy. Estábamos rodeados de música en todo momento, creando por todos los rincones de la casa.

Escribí mi primera letra, «No estás», en la buhardilla del estudio. Era una carta a mi madre…

Como siempre, cuando uno disfruta el tiempo pasa más rápido y, aunque por nosotros habríamos seguido toda la vida, teníamos que terminar. Los últimos días fueron todos de veinticuatro horas. Hacíamos guardias y relevos, como las hormigas, porque la maquinaria no podía parar. El disco tenía que estar listo y yo era la encargada de llevarme el máster a Madrid. ¡Por cierto, casi pierdo lo pierdo en el aeropuerto!

Era el año 1997.

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De aquel disco nació «A Contratiempo», una de esas canciones que no envejecen con el tiempo; aún hoy, cuando comienzan las primeras notas de ese teclado, puedo sentir cómo la gente se emociona al reconocerla.

El segundo single fue «Partir», una joya escrita por mi amigo Txetxo Bengoetxea, que no tuvo tiempo de crecer porque Mecano llamaba otra vez a la puerta. ¡Qué momento más extraño! No entendía nada. ¿Por qué ahora?

La pregunta se quedó sin respuesta y Puntos Cardinales no tuvo la oportunidad  que merecía.  Nacho y Jose empezaron a componer canciones nuevas para lo que iba a ser un Grandes Exitos de Mecano . Un disco que abrió la posibilidad a una nueva gira que nunca ocurrió. Seguía siendo el año 1997.

En vista de que aquello que parecía un regreso nunca lo fue, decidí seguir con mi carrera y grabar un segundo disco: Pasajes de un sueño. También lo recuerdo como si fuera ayer. Yo ya tenía mucho más claro cómo hacer las cosas. Sabía lo que quería o, al menos, lo que no, aunque eso no fuera garantía de acertar.

Por aquella época escuchaba mucho a la brasileña Marisa Montes, y me empeñé en  que produjera el disco Arto Lindsay, su productor. Parecía que mi sueño se iba a cumplir, así que me fui a Nueva York, donde él vivía, para conocerle y explicarle el proyecto. Arto era más un productor ejecutivo que musical, y en aquel momento se hacía acompañar por Andrés Levin, un músico venezolano afincado en Nueva York desde muy joven, tan único y original como su forma de producir.

Andrés y yo congeniamos en seguida. Hablábamos el mismo idioma musical; incluso, a veces, el lenguaje del silencio nos acercaba mucho más. No dejaba de sorprenderme con su manera de encontrar siempre el sonido especial y diferente. Probaba y probaba hasta que mi cara de felicidad le indicaba que eso era lo que quería.

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Después de muchos días de trabajo y de perfecto entendimiento, creció una gran amistad que dura hasta hoy.

Escribí la letra de algunas canciones. Me gustaba escribir, me hacía sentir bien. Incluso mi hermano Yago escribió la letra de «Cachitos de un Sueño», una historia preciosa y llena de sentimiento.

Pasaron muchas cosas especiales durante aquella grabación, pero lo más increíble fue mezclar el disco en casa de Bruce Swedien, un genio del sonido que ha grabado con grandes muy grandes, entre ellos, Michael Jackson.

Terminado el disco, llegaba el momento de tomar otra decisión importante; llevaba muchos años sin subirme a un escenario, desde 1992, y ahora tenía la oportunidad de hacerlo. Como siempre, el destino me tenía preparada una maravillosa sorpresa. Rosa Lagarrigue, que era mi mánager, también lo era de Miguel Bosé, y me propuso hacer una gira juntos. No me lo podía creer. Admiraba y respetaba tanto a Miguel que me asustaba la idea de no estar a la altura de un grande como él. Además, ¡llevaba ocho años sin subirme a un escenario!

Pero esa gira, «Girados», fue la mejor escuela que pude tener, y Miguel, el mejor maestro que uno puede soñar. Para empezar, me dio la responsabilidad de pensar en el nombre. Ese voto de confianza me hizo poner todos mis sentidos a funcionar… Y funcionaron —«… es una gira de dos…, pues Girados»—. Tampoco me rompí tanto la cabeza, sería por la fuerza de la lógica. El caso es que le pareció genial. Era un buen comienzo.

Además, la experiencia me enseñó dos cosas fundamentales que luego he seguido aplicando tanto en mi vida profesional como en la personal: a decir «no» y a perder el miedo a equivocarme.

Para que existiera un nexo de unión entre el trabajo de Miguel y el mío, decidimos escribir una canción juntos. Otra vez los miedos y las inseguridades. Miguel era único escribiendo y yo había escrito apenas cuatro cosas, pero otra vez el maestro supo sacar de mí lo que él intuía que había.

La gira fue un éxito absoluto y lo que empezó siendo un experimento se convirtió en algo mágico y enriquecedor. Miguel pasó a ser mi otra mitad musical. Nos apoyábamos el uno en el otro. En los conciertos, si uno tenía un mal día, el otro tiraba de él y a través de gestos y miradas conseguía hacerle olvidar lo que fuera. Se creó una energía y una conexión tan fuerte entre todos que cuando «Girados» terminó nos dejó una sensación de vacío que costó llenar.

A Pasajes de un Sueño siguió una nueva aventura. París.

Sony Francia quería recuperar esa voz que en su día cantó «Une femme avec une femme» («Mujer contra Mujer») y que traspasó la frontera de los Pirineos junto con sus dos compañeros, para convertir esa canción en un himno que aún hoy suena en Francia, como si fuera ayer.

Me fui a vivir a París durante un año y, mientras aprendía francés, grabé un disco con canciones de autores franceses y con varios productores, también  franceses, que se llamó Ana Torroja. El disco era precioso, pero a pesar del esfuerzo, tanto el mío como el de la compañía, no funcionó y todas las puertas que se habían empezado a abrir se volvieron a cerrar.

Pero hubo cosas buenas que salieron de ese viaje. Conocí a Erik Mouquet, componente de Deep Forest (grupo muy famoso de los noventa), que se enamoró de mi voz y me propuso cantar en su nuevo proyecto. A raíz de esa colaboración decidimos trabajar juntos en mi siguiente disco.

Y así fue como nació Frágil, en un pueblecito muy pequeño cerca de Lyon. Durante todo el tiempo que duró la grabación viví en casa de Eric, donde tenía el estudio y un increíble telescopio gigante al que acudíamos en los momentos de descanso para ver los misterios del universo. Era agosto y muchas noches, después de trabajar, nos tumbábamos en el jardín a mirar un cielo lleno de estrellas fugaces…

Entre nebulosas y planetas compusimos una canción juntos que se llamó «Hoy igual que ayer», en la que invité a Saúl, la voz del grupo mexicano Jaguares, para cantarla juntos. Además, Eric me propuso hacer una versión de algún tema mítico. Nunca lo había hecho, así que, como me gustan las aventuras, nos lanzamos con todos los sentidos a hacer «Wish you where here» de Pink Floyd. Pensé que podía ser un poco osada la idea, pero salió bien, porque hasta los más puristas reconocieron que estaba hecha con mucho respeto y admiración.

Para las fotos del disco, Sony me recomendó a un fotógrafo, Bernardo Doral. Llegué a un piso en el centro de Madrid, todo blanco, con una luz increíble, y apareció un chico muy joven, con una sonrisa que delataba lo buena persona que era. Me dijo que me sentara cerca de una ventana. Yo estaba sin maquillar y, cuando me enseñó la foto que acababa de tomar, me sorprendí. Era preciosa. Sin maquillaje, sin focos, sin retoques…

Soy muy tímida, y que me tomen fotos me pone muy tensa, pero Berni —así le llamo— tiene una energía increíble y es el único fotógrafo con quien desde el primer momento me sentí cómoda y me dejé llevar.

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Me recordó que años atrás me había visto en una panadería por el centro de Madrid y que se acercó a mí para decirme que era muy fan y que él iba a ser el fotógrafo de mi próximo disco. Entonces me vino a la memoria lo que me estaba contando y me quedé muy sorprendida, sobre todo porque así fue. Y no es la única vez que nos han ocurrido ese tipo de cosas a los dos.
Me gustó tanto lo que vi que no solo me hizo las fotos de ese disco, sino del siguiente, del de más allá… Y plasmó con su cámara muchas cosas más que hubo por el camino y que quedan entre él y yo. Somos muy amigos desde entonces.

Con Frágil hice mi primera gira en solitario, que me llevó a muchos lugares de España y Latinoamérica y que me hizo ganar más y más en seguridad y afianzarme como solista. Era el año 2003.

Después de Frágil nació Esencial, mi primer «Grandes Éxitos». Habían pasado seis años y cuatro discos y ya tenía un Grandes Éxitos. ¡Quién me lo iba a decir! Para mí era toda una hazaña.

En Esencial se incluyó un tema nuevo, «No me canso», de Carlos Chauen. Una canción de la que me enamoré al segundo de escucharla y que produjo mi querido Andrés Levin.

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También incluía algunos temas del disco en francés, como «Qui a le droit», a dúo con Patrick Bruel; y otras colaboraciones, como «Corazones», con Miguel Bosé; «Duele el amor», con Aleks Sintek, o la que hice con el maestro Armando Manzanero y su «Nada Personal». Nunca olvidaré cuando, después de presentar juntos la canción en directo, me dijo al oído con toda la humildad y poesía de las que era dueño: «Si supiera llorar, lo haría ahora»… Yo sí lloré.

Volví a trabajar para las fotos con Bernardo Doral. Me encantaba ver cómo conseguía sacar a una Ana que yo nunca veía en el espejo. Recuerdo que la foto de portada fue una prueba. Estábamos en su estudio viendo revistas, imágenes y pensando qué enfoque le íbamos a dar al arte final del disco, cuando Bernardo sugirió que me  pintara los labios de rojo y me rizara el pelo. Se puso a hacer fotos de prueba a ver cómo quedaban, y jugando, jugando apareció esa magia que solo él tiene. Y esa fue la foto de portada.

Mientras Esencial y su «No me canso» sonaban en radios, Rosa sugirió que podía ser un buen momento para hacer un disco homenaje a esas canciones que me vieron nacer. Me pareció no solo muy buena idea, sino el momento idóneo. Ya estaba establecida como solista, la gente ya diferenciaba entre Ana Torroja y Ana Mecano, así que me sentía tranquila, segura e ilusionada para afrontar ese reto.  Así es como surgió la idea de hacer Me cuesta tanto olvidarte. Era el año 2006.

Lo más difícil de todo era elegir los temas que irían en el disco. Había tantos y tan buenos que resultaba imposible decir que sí a unos y que no al resto. Al final decidimos escoger los más emblemáticos y luego, además, algunos de mis favoritos que no habían sido single.

Ya teníamos las canciones, y ahora…, ¿quién iba a producir el disco? Tenía que ser alguien que conociera muy bien a Mecano, incluso que fuera fan, pero que tuviera la distancia suficiente como para poder acercarse a esas canciones con respeto, pero sin miedo.

En 2004 había hecho un dueto con el mexicano Aleks Sintek, del que yo era muy fan y que se confesó también seguidor de Mecano, así que se me encendió la bombillita y se lo sugerí a la compañía de discos. Sintek era perfecto para hacer ese disco.

Aleks vino a Madrid para organizar todo y ver cómo íbamos a preparar la grabación. Él sugirió hacerlo en México, donde tenía su estudio. A mí me encanta viajar y siempre estoy con la maleta hecha para lo que se presente, pero en ese momento acababa de ser madre y no podía imaginar siquiera la posibilidad de separarme de mi hija. ¿Cómo íbamos a hacerlo?…

Después de ver varias opciones y de que ninguna me convenciera, llegamos a la conclusión de que lo mejor sería trabajar en la distancia. Él me iría enviando cosas y yo le diría lo que pensaba. ¡Para  eso estaba la tecnología!

Se me hacía muy extraño trabajar así. Soy rata de estudio. Me encanta estar presente en todo el momento creativo, ver cómo una canción te va llevando, sorprendiendo, y me resultaba frío hacer eso a través de una pantalla, pero era la única forma si quería seguir cerca de mi hija. Al menos hasta el momento en que me tocara cantar.

Y llegó ese momento, y otra vez Aleks, que acababa de ser padre también, tuvo una idea genial. Sabía que me encantaba el mar, así que alquiló una casa preciosa sobre la arena del Caribe, para que pudiéramos estar allí todos juntos y a la vez grabar las voces.

Y allí nos fuimos Jara y yo. Era un viaje muy largo y aterrizamos muy cansadas. Nos vino a buscar un coche que nos llevó a la casa y, cuando llegamos, me quedé maravillada del lugar. Era perfecto. Incluso Aleks había conseguido una persona para cuidar a Jara mientras nosotros grabábamos.

Aun así, la experiencia no fue fácil. El estudio se encontraba a una hora de camino de la casa y estábamos allí todo el día. Se me hacía muy duro permanecer separada de la peque. A cada rato tenía que llamar para ver si todo iba bien, porque si no la ansiedad me podía y no era capaz de cantar. Aleks tuvo toda la paciencia del mundo y el disco quedó listo para enseñarlo en Madrid.

Les encantó. Era original, diferente y sin miedo.

La gira de Me cuesta tanto olvidarte se presentaba mucho más grande que la de Frágil. Todo era a mayor escala. El diseño de la escenografía, hecho por Luis Pastor, un joven y talentoso diseñador de luces para quien «La Fuerza del Destino» —así se llamó la gira— sirvió de bautizo, era impresionante. Me encantaba poder dar rienda suelta a la imaginación y que él no solo lo compartiera, sino que fuera mucho más allá.

La gira fue un éxito. La gente vibraba con el escenario, las luces, los bailes, las canciones… Pedían una y otra y otra, y yo habría seguido cantando todas las noches de cada día, pero no teníamos un minuto que perder: el siguiente concierto nos estaba esperando.

Me sentía tan orgullosa de ver hasta dónde había llegado… Soy luchadora, y mucho; no me rindo con facilidad, pero también sé que a veces, por más que uno luche y haga las cosas lo mejor que sabe, no es tu momento. Sin embargo, entonces, parecía que sí lo era.

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Terminada la gira, empecé a pensar en un proyecto nuevo. Di, como siempre, mil vueltas a cómo enfocarlo. En qué punto de mi vida estaba, qué quería contar y cómo. Buscaba algo en concreto, pero siempre me ha costado mucho explicar a los autores lo que quiero. Solo sé que cuando escucho algo me tiene que hacer sentir, es como si tuviera que fundirse conmigo, y tengo que estar segura de que puedo defender lo que cuenta.

Empezaron a llover temas y más temas, los escuchábamos todos, no queríamos que se nos escapara nada. Todo iba sobre ruedas…

Y sobre ruedas se paró.

El 10 de octubre de 2008, en un viaje con unos amigos, el destino se cruzó en nuestro camino. Una furgoneta que viajaba en sentido contrario se nos puso delante y, sin poder esquivarla, pasamos por su centro partiéndola por la mitad. No quiero ahondar en más detalles porque, a pesar del tiempo, el cuerpo se remueve al recordar… ¡Qué delgada es la línea entre la vida y la muerte! Solo decir que a partir de ese momento mi vida pasó a ser otra, yo pasé a ser otra y a vivir la nueva vida de manera diferente.

Eso hizo que aquello que empecé ya no tuviera ningún sentido. Ya no era ese momento ni yo quería decir esas cosas; así que había que volver a empezar. El proceso era el mismo: buscar canciones. Pero esta vez, por esas extrañas cosas que tiene la vida, llegaban las canciones que yo necesitaba.

Decidí acudir también a mis amigos Aleks Sintek y Andrés Levin y les invité a pasar unos días juntos para componer. Hicimos canciones, nos reímos mucho, cayó alguna fiestecita y, terminado el trabajo, cada uno volvió a su casa. También compuse con mi amigo Montesinos. De esos días quedaron en el disco: «Habitación helada» y «Ana».

Algunos temas que nunca entraron fueron como una especie de catarsis que me sentó muy bien, y ya cerca del final llegó la canción más luminosa y que más se parecía a mí de cuantas había cantado hasta entonces: «Sonrisa».

Lo más mágico fue ver cómo alguien que no te conoce, que seguramente ni siquiera sabe por dónde te ha llevado la vida, ni lo que te duele o te alegra, escribe justo lo que tú quieres decir. Eso fue lo que hizo Airam Etxaniz. «Sonrisa» fue mucho más que una canción; fue el título del disco y una experiencia maravillosa que viví gracias a ella y que me llevó al país de las sonrisas: Mali.

Quería volver a trabajar con Andrés en Nueva York. Era un momento muy especial en mi vida y estaba convencida que él sabría plasmar con música cómo me sentía. No sé…, era como si mi nuevo yo inundara todo y a todos, porque a Andrés se le ocurrió montar una banda y grabar el disco como si fuera en vivo. Nunca lo había hecho antes y me pareció una idea genial, además del momento perfecto para hacerlo.

Me sentía muy viva y repleta de energía, como un niño que disfruta con todo y al que cualquier aventura, por pequeña que sea, le parece lo más importante de su presente. Por eso la idea de grabar como se hacía antes, todos a la vez, iba a impregnar el disco de esa energía que era justo lo que necesitaba transmitir.

De vuelta a casa, Sony me tenía preparada una sorpresa. Habían empezado a colaborar con una ONG llamada Voces que llevaba la ayuda a los más necesitados a través de la cultura, proporcionándoles las herramientas para poder labrarse un futuro a través de la música, el baile, el cine, la fotografía, la literatura etc. Me parecía una idea preciosa.

Había que rodar el video de «Sonrisa» y se les había ocurrido que esa canción y ese título eran los perfectos para un proyecto que estaba en marcha en Mali: la construcción de una escuela en un barrio de Bamako. Querían que yo fuese la embajadora. Era una escuela donde, a parte de aprender las asignaturas de base, el arte y la cultura tendrían un papel fundamental.

Era increíble. Siempre había soñado con hacer algo así y ahora me llegaba la oportunidad. Estaba tan agradecida e ilusionada que no dudé ni un segundo en decir que sí

Rubén Martín iba a ser el encargado de hacer las fotos y el video. Nunca había trabajado con él, y le conocí unos días antes de salir para Mali. Él ya había estado allí, tenía planeado el itinerario y dónde íbamos a rodar. Fue muy fácil hablar con él y explicarle lo que quería. Además, hubo algunas coincidencias curiosas que nos hicieron sentirnos cerca enseguida. Las cosas no podían ir mejor.

Cuando estábamos a unos días de salir, tuvimos que cambiar los planes de rodaje porque la situación en el norte de Mali no era muy segura, así que decidimos hacerlo todo en una aldea pequeñita situada a una hora de Bamako, llamada Siby.

Al resto de los miembros del equipo, Natalia, Dani y María, les conocí en el aeropuerto antes de salir. Todos congeniamos en seguida, y eso da mucha tranquilidad, sobre todo cuando se trata de pasar varios días juntos de sol a sol en un país lejano.

Cuando aterrizamos en Mali entendí lo de «Sonrisa». Qué gente más bella y qué sonrisas más puras y bonitas. Todos sonreían siempre, y eso es algo que me conmovió y me hizo quererles desde el primer día. Ahí entiendes cómo la posesión de las cosas no da la felicidad. Ellos no tienen nada, pero tienen lo más importante: son felices.

Para el video y las fotos tuvimos la ayuda de algunas personas de la aldea. No era fácil, porque sus costumbres, sus creencias y su timidez les hacían desconfiar de nosotros, pero la familia de Marian, la niña que protagonizó el vídeo, y algunos alumnos del conservatorio, como Bacarí, que ayudaba con la filmación, y Fatime, una bailarina, hicieron que «Sonrisa» tuviera mucho más sentido.

Experiencias como esta unen muchísimo, y de regreso a España me costó separarme de todos. Pero hice grandes amigos, como Rubén y Natalia. Y no solo eso…, me enamoré tanto de la gente de Mali y del proyecto de la escuela que me comprometí a seguir apoyándolo y a colaborar en lo que fuera con Voces. Volví dos veces más, hasta que la situación política nos hizo poner en pausa el proyecto, que hoy se vuelve a retomar.

Sonrisa salió en setiembre de 2010 y tuvo una vida muy larga que me llevó de gira desde 2011 hasta 2013. Durante esos años han pasado muchas cosas en mi vida, de todos los colores y sabores, cosas que me han hecho titubear y no estar muy segura de qué camino tomar.

Y cuando estoy a punto de rendirme, de tirar la toalla, de cerrar un capítulo de mi vida que nunca imaginé vivir, siempre hay una luz al final del camino que me hace levantarme otra vez. Siempre hay una señal que me dice que tengo que seguir,  alguien que me recuerda por qué estoy aquí, algo que me ayuda a volver a empezar.

Así que aquí estoy de nuevo, para vivir una nueva aventura en la que los protagonistas volvéis a ser vosotros, porque sin vosotros no sería yo.

Esa aventura está por escribir. Esa aventura se llama Conexión

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